Por qué quiero leer menos
¿Cuántos libros leíste este año?, me preguntaron hace unas semanas, antes de que terminara el 2025. No tenía el dato: tampoco conté las cervezas que tomé —¿más de cien?— ni las obras de teatro que vi —menos de una— ni los partidos de fútbol que miré —seguro más de los necesarios.
Tres lecturas para acompañar Sentimental Value
Una grieta sube por las paredes de la casa, subterránea triza los cimientos de lo que ilusoriamente creemos debiese ser firme: la infancia. Aquel espacio oscuro, esa fisura en la cual evitamos detenernos, va juntando historia, gritos, silencios, ausencias, dolores.
La hermanastra fea: reinterpretando el clásico de La Cenicienta
Hay clásicos que no envejecen, pero sí cambian de piel. Cenicienta es uno de ellos. Cada época vuelve a esa historia —la joven relegada, el baile como promesa de ascenso, el príncipe como final feliz— para preguntar algo distinto.
No sé cuántos libros leí el año pasado (y no me importa)
¿Cuántos libros leíste este año?, me preguntaron hace unas semanas, antes de que terminara el 2025. No tenía el dato: tampoco conté las cervezas que tomé —¿más de cien?— ni las obras de teatro que vi —menos de una— ni los partidos de fútbol que miré —seguro más de los necesarios.
Tres lecturas para acompañar The Mastermind
Hay algo hipnótico en los robos de arte. Aunque sabemos que detrás de ellos se mueven redes de dinero y millonarios ambiciosos, seguimos sintiendo fascinación cuando una obra desaparece de un museo. Tal vez sea porque esas piezas —elevadas por la sociedad al rango de tesoros intocables— representan algo más que su valor económico: son símbolos de belleza, historia y memoria compartida. Cuando alguien logra sustraerlas, desafía no solo a la ley, sino a una jerarquía cultural que decide qué merece ser protegido y qué no.
7 cuentos de terror animal. Una reseña sobre “Bestiario del miedo”
No siempre le tuve miedo a los perros. De hecho, mi primera mascota fue una perrita: Wanda, una boxer preciosa con demasiada energía, el pecho blanco, el pelaje café y una colita casi inexistente. La Wanda nunca me dio susto, me provocaban un poco de asco su baba y sus lagañas, pero nada cercano al temor. Vivió muy poco porque le dio cáncer, y su muerte a mis 12 años marcó un antes y un después en lo que entendía como —la vida—, —estar viva—, —vivir—.