Doble exposición
Nuestro cuento inédito de julio. Por Mauricio Mireles.
Cuando murió el abuelo su testamento leía: la Hassel para mi nieto Esteban. Único requisito legal, tomarse un autorretrato de cuerpo completo sentado en el extremo izquierdo de la banca del malecón: él sabe a cuál me refiero.
Se trataba de una Hasselblad serie 500C/M. Una cámara fotográfica de formato medio, mítica por su insuperable óptica, visor de cintura y una experiencia de disparo más parecida a un escopetazo que a un clic. El mecanismo de carga parecía inspirado en una película de Kubrick. Sebastián recordaba haber visto aquel objeto entrelazado en las manos de su abuelo. La sonrisa a medias cada vez que la disparaba denotaba una admiración que pocas cosas le brindaron en vida.
Aquel cubo metálico tenía su propia ciencia y la paciencia del viejo no daba para más de una explicación. En una única ocasión, compartieron el ritual:
Los rollos de esta máquina no son como los amarillitos de 35 milímetros. Estos son de verdad. Aquí solo cuentas con 12 exposiciones, así que hazlas valer. ¿Estamos? Sobre el costado izquierdo del cubo encontrarás un círculo plateado con una pestañita metálica. Sin hacer mucha presión levántala, y ahora gírala en dirección contraria a las manecillas del reloj. ¿Sentiste cómo cede el resortito? Observa con detalle la pieza, Sebastián. En uno de los dos huecos tienes que fijar el carrete, levanta ese dientecito metálico y colócalo por debajo. ¿Te das cuenta cómo coincide la hendidura? Los suecos pensaron en todo, caray. ¡Dije suecos, no suizos! Ahora, inserta la punta de la cinta en la ranura del otro carril. Empieza a tensar lentamente hasta que te aparezca la flechita. ¡Basta, basta, basta! Del lado opuesto, dije lado opuesto, Sebastián, costado derecho. ¡Ay, Dios! ¡¿Y así quieres ser fotógrafo profesional!? ¡Dónde están las manivelas, mijo! ¡Justo ahí! Esa pequeña tienes que girarla hasta que aparezca en la ventanita el número uno.
Como si fuera una medalla de honor por haber participado de una horripilante batalla, las manos del viejo posaron sobre su delgado cuello aquel imponente aparato. El peso de la máquina lo hizo titubear un instante, pensó que aquello lo vencería llevándolo al suelo de bruces pero, pasado el susto inicial, entendió que el peso era más que soportable, incluso agradable. Abuelo y nieto empezaron a recorrer aquel malecón mientras admiraban el rebote de las luces rosadas del atardecer en el mar inquieto.
No veo nada interesante, le había dicho Sebastián. Calma. Esto no funciona así. Primero uno tiene que sentir el lugar, olerlo, pensarlo. Escucha. No tengas prisa. Las fotografías no surgen de la nada, uno tiene que construirlas. Primero con la mente, ya después con la máquina. ¿Eso te llamó la atención? Acerquémonos.
Por detrás de sus orejas, las manos del abuelo reaparecieron. Sostén la cámara. Firmemente. El abuelo levantó hábilmente una pequeña pestaña postrada en la parte superior del artefacto. Un túnel de luz apareció ante los ojos del niño. La tapa superior se había convertido en un visor óptico que permitía la contemplación de una versión en miniatura de aquella pintura trillada de atardecer marino. Con otro movimiento de las manos del viejo apareció una lupa en la cual el nieto colocó el ojo. Avísame cuando esté todo en foco. Mientras el niño observaba aquella pantalla radiante, el abuelo giró el anillo del lente hasta el infinito, alejando así toda duda y borrosidad.
¿Te acuerdas qué película le pusimos? Portra 400, siempre Portra. ¿Crees que debamos usar una velocidad rápida o media? Exacto, vayamos por una media, pongámosle un sesentavo de segundo. Las velocidades están en el primer anillo del lente. ¿Qué más nos falta? Sí, obvio que componer, pero primero tenemos que fijar la apertura. ¡Ándale! Las famosas efes.
¿Que quién es mejor, si Cartier-Bresson o Fan Ho? ¡Es como comparar superhéroes, no vas a llegar a ningún lado, chamaco! A mí me agrada más Fan Ho, pero eso ya es cosa de gustos. Recuerda, si la efe es de un valor alto, eso quiere decir que nuestro lente dejará entrar una menor cantidad de luz y la profundidad de campo será superior. No me entendiste nadita, ¿verdad? A ver, a ver, ¿Cómo te lo explico? ¿Qué harías si te apunto con una linterna a la cara? ¡No seas burro niño, los ojos no se cierran, los que se cierran son los párpados! Pero bueno, parece que ya me estás comprendiendo. Sí, hay que filtrar la luz. Pues a este ojo mecánico tenemos que ayudarle a hacer lo mismo. ¿Listo? Voltea a tu alrededor. Dado que oscurece, ¿queremos un ojo bien abierto o más cerradito? ¡¿Qué pues!? Eso mero. Más abierto, pero tampoco tanto que queme al santo. Ponle un f4. Aquí uno tiene el poder de encuadrar, de enfocar, pero sobre todo de elegir, cosa que la vida no siempre te deja. Larraín decía que el misterio de una imagen no se andaba por el centro del recuadro, sino en las esquinitas, ahí escondido entre las penumbras, esperando a los pacientes. ¡No se trata de buscar obviedades ni mucho menos pendejadas! No le vayas a decir a tu madre que dije eso. ¿Conoces a Graziela Iturbide?, ¿Alex Webb? ¿Sebastián Salgado? ¿¡No!? Mmmm, ¡pues que mal andas, mijo!
Ahora usa la manivela grande, gírala hacia adelante, nomás. El disparador se encuentra en la parte delantera. ¿Ya lo viste? Presiona. ¿Pudiste? ¡Ja! ¡Pos claro que no! Lo que pasa es que antes tenemos que quitar la cortinita de acero. ¿Qué para qué tiene eso? Mmmm, es que esto es un equipo modular y pues… mejor luego te explico. ¡Ya basta de balbuceos que se nos va la luz, chiquillo plaga! Flexiona las rodillas, relaja los hombros y, antes de disparar, exhala. Los fotógrafos tenemos que estar quietos como los árboles. ¡Boom! ¿Qué tal se sintió? ¿Parece una escopeta, no?
¿Cómo que tú no eres fotógrafo porque no tienes cámara? No seas mushpo1, la cámara es lo de menos. Si uno sabe admirar la luz, uno ya está fotografiando.
Ahora quiero que tomes mi retrato mijo. ¿Cómo que por qué? ¡Pues porque lo digo yo! Y, además, no siempre estaré aquí, Sebastián. Las fotografías nos permiten esconder querencias entre los recovecos que deja el tiempo y el espacio. No me interesa si tu profe de física dice que eso no es posible, algún día me darás la razón, chamaco.
El abuelo se sentó en el costado derecho de la banca, mientras instruía a Sebastián en la lectura de la luz. En un retrato tienes que buscar la mirada, ahí donde se esconde la esencia. No te fíes de sonrisas falsas, ni te apresures. La expresión verdadera de cada persona se va revelando de a poquito. Háblales, hazlos sentirse tranquilos, y solo cuando encuentres ese algo, dispara. ¿Ya? Otra más.
Aquel manual operativo teñido de luces rosadas tendría más de 30 años escondido en algún hueco de su memoria. Cuando el abogado le entregó la Hassel, sintió un enorme vacío en la barriga. Como aquel niño de 12 años, empezó a procurar desesperado las instrucciones de un abuelo que nunca más le acompañaría. La máquina se encontraba inmaculada pese a los años de uso que tenía. Estaba cargada y el contador indicaba el número uno.
Esa tarde llevó la cámara hasta la banca del malecón. La inmensidad de aquella banca vacía le abrumaba. Con la habilidad de quien hizo de la luz una íntima amiga, ajustó en instantes la máquina, preparó el tripee y el temporalizador. Sentado en el extremo izquierdo de la banca, sonrió de manera mecánica accionando los músculos de la cara. Cerró los párpados, relajó el rostro, respiró profundo y se permitió apreciar con curiosidad infantil el atardecer. Una sensación de haber estado siempre ahí lo fulminó. Al instante escuchó el boom del disparador automático. El último capricho del viejo había sido cumplido.
Como en tantas ocasiones, preparó las tinajas de químicos en el cuarto oscuro de su estudio. Algo inusual aparecía en los negativos. ¿Quizás el rollito había caducado? ¿Habrá agujeros en la cortina? ¡Esperemos no haya hongos en la lente! Al sumergir el papel en la tinaja, la química inició su magia y los tonos y formas fueron tomando fuerza hasta convertir la blancura en nitidez. Su autorretrato resultó no ser la única imagen que ocupaba aquel pedazo de papel.
En la banca del malecón, sentado junto a él, aquel hombre esbelto y larguirucho de mirada penetrante le sonreía. Su abuelo, el que recordaba siempre y no el que había muerto recién, le decía, ¡Hazla valer, mijo! ¿Estamos?
Modismo ecuatoriano, derivado del kichwa, que se usa para describir a una persona tonta, boba o torpe.
Sobre el autor: Mauricio Mireles (1983) es hijo de madre oaxaqueña y nacido en la Ciudad de México. Tras vivir en Austria, Brasil, Costa Rica, Ghana, Mozambique, Tailandia, México, Estados Unidos e Italia, actualmente reside en Santiago de Chile con su mujer Daniela y su perro Cafú. Se desempeña como profesional en el área de la cooperación internacional y el desarrollo sostenible habiendo trabajado.
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