Escuchar también es leer
O cómo me fasciné con los audiolibros
Desde que mi hijo entró al colegio, me paso la vida dentro del auto. Treinta minutos de ida por la mañana, veinte de vuelta por la tarde. Otros treinta minutos de mi casa a la librería donde trabajo, a reuniones, al psicólogo. Vivo en un área de no tan buena locomoción, pero eso no es más que una excusa: aburguesadamente, me he acostumbrado a andar en auto porque me gusta, lo disfruto. Es de los pocos momentos en que estoy sin mirar el celular, haciendo nada más que mover, y en un rango muy mínimo, los pies y manos, con la vista y mente enfocada en un solo objetivo: llegar, llegar a tiempo.
A veces me quedo silenciosamente en esa quietud. Otras, escucho música o canto o me río a carcajadas con un par de podcasts que adoro. Pero la mayoría de las veces aprovecho ese tiempo a solas para leer. O más bien, para escuchar.
Porque últimamente leo más con los oídos que con los ojos.
Hace varios años que es poco el tiempo que tengo y me doy para estar tranquila leyendo, en silencio, concentrada y sostenidamente, sin las distracciones desatadas que surgen de mi evidente déficit atencional. No me justificaré con la vida doméstica, o el excesivo trabajo: sé bien que son el celular, la tele y las ganas, al final del día, de permanecer pasiva ante una pantalla. Por eso, cuando estoy frente al manubrio, me gusta darme el tiempo de leer… escuchando.
Mi gusto por los audiolibros comenzó en un viaje familiar al sur. Apenas mi hijo se dormía en el auto, yo aprovechaba de apagar sus cuentos infantiles (porque él también lee escuchando) para adentrarme en El diario de Ana Frank, un libro que, como la mayoría, leí de niña en el colegio, y que, como la mayoría, no supe apreciar lo suficiente. Ana me acompañó durante semanas por la carretera pero también cuando cocinaba, limpiaba, me duchaba o le hacía el quite al trabajo. Me fue contando su historia y a veces me sorprendió llorando, cual señora escuchando radioteatro. Veinte años después de esa primera lectura escolar, volví a conocer a la mujer que fue Ana, su increíble autoconsciencia y honestidad, su madurez y espíritu libre. La lectura audible me dejó con su imagen mirando el castaño florecido por la rendija de la ventana, mientras Holanda y el mundo estaban en ruinas, aferrándose a la belleza como el último de los refugios.
Tras ese primer audiolibro, no me detuve. Decidí dejar para la escucha aquellos clásicos que leí cuando más joven, en otra vida, y que ya no volveré a tomar físicamente: de hacerlo, competirán con la ruma de novedades que tengo en el velador. Solo para la quietud de la calle o la carretera me reservo aquellos libros. Así, Ana Karenina me acompañó durante largas semanas, con sus idas y vueltas en el amor. Le siguieron Don Quijote, La odisea, La ilíada, Hamlet, Drácula, Crónicas marcianas, 1984 y también Cien años de soledad.
El audiolibro no es un formato nuevo. Ha crecido en popularidad durante las últimas décadas, pero su historia se remonta hace cien años, de la mano de la historia de la grabación, apenas surgió el fonógrafo y el interés por preservar la voz humana en el tiempo.
Desde entonces, el formato ha evolucionado y migrado de soporte: discos de vinilo, casetes, discos compactos, audio comprimido y plataformas digitales. Los primeros audiolibros vienen de la década de 1930, en Estados Unidos e Inglaterra, cuando se desarrollaron grabaciones de libros en discos de vinilo para personas con discapacidades visuales. Durante 1960 y 1970, estos registros comenzaron a expandirse a más público.
Me gusta creer que el gusto por los audiolibros en mi familia ha seguido esa misma evolución en la línea de tiempo.
Pensando en una cronología personal: mi padre aún guarda un vinilo de cuentos infantiles que escuchaba con sus hermanos en los años 50 (su cuento favorito era El violín encantado). Yo me recuerdo de adolescente escuchando la versión en inglés del CD de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, relatado por actores gringos. Aunque no entendía nada, me gustaba seguir el sonido y compararlo con el texto original. Hoy, sin exagerar, mi hijo cada día me pide, y sobre todo en invierno, cuando no puede salir a jugar, que le ponga sus cuentos favoritos. Y yo manejo emocionándome con personajes clásicos de la literatura infantil.
Actualmente, el mercado global de audiolibros vale más de 11 mil millones de dólares y, en Estados Unidos, unas 57 millones de personas los escuchan anualmente. A nivel internacional, países como Reino Unido, Alemania y Francia también han experimentado aumentos considerables en ventas, reflejando una tendencia global, respaldada por el auge de las plataformas de streaming: el 45% de los audiolibros se adquieren a través de estos servicios de suscripción.
Los audiolibros han abierto una puerta hacia nuevas formas de disfrutar la literatura, adaptándose al ritmo acelerado de la vida actual y ofreciendo una alternativa para quienes encuentran difícil concentrarse en el papel. Escuchar también es leer, y el acto de oír una narración permite redescubrir los textos de maneras inesperadas, otorgándoles una nueva vida a través de la voz. Los audiolibros, aparte de democratizar el acceso a la literatura, también acompañan nuestros momentos más íntimos y cotidianos, transformando cualquier trayecto, tarea o pausa, en una oportunidad de lectura.


