Leer feminismos: un despertar iluminador y doloroso
Fue en una clase de biopolítica, cuando un profesor igualó el desamparo de un “hombre” al vivir el duelo amoroso por una “mujer” en la novela El aire de Sergio Chefjec, a los asesinatos y desapariciones de “mujeres” en 2666, de Roberto Bolaño. Lo increpé, y me salió del alma. Le dije que era imposible omitir el hecho de que, en 2666, la pulsión de muerte persigue a cuerpos figurados detalladamente como “mujeres”, y que esto se relacionaba de forma directa, a juicio de la crítica, a los casos reales de femicidios en México.
Él dijo que dependía de qué pensaba yo que era un mayor opresor, si el capitalismo o el patriarcado. “El patriarcado”, le respondí. “Yo pienso que es el capitalismo”, dijo él.
No me desperté ese día planificando pelearme con el profesor a quien, de hecho, hasta ese instante, admiraba académicamente. Me sentía feminista, o quería serlo. Al menos la canción Flawless, con su sample del discurso de Chimamanda Ngozi Adichie, definiendo que “una feminista es una persona que cree en la igualdad politica, económica y social de los sexos”, caló profundo en mí. También las vivencias de Ifemelu en la novela Americanah, además de docenas de pequeños y cotidianos momentos vividos, donde se me recordó, hostilmente, que era una “mujer”, con toda la negación y culpa que esto conlleva.
Queria ser lo que Elaine Showalter definió como una “critica feminista”. Ofrecer lecturas de textos que se preguntasen por las imágenes y los estereotipos de la “mujer, las omisiones y las falsas concepciones sobre las ‘mujeres’ en la literatura”.
Me impactó leer sobre género de la mano de Judith Butler, de Luce Irigaray, Rosi Braidotti, y las latinoamericanas Gloria Anzaldua, Nelly Richard o Diamela Eltit. Me cuestioné por qué llegué a Latinoamérica después de llegar a Europa, intelectualmente. Y aún hay mucho más que me gustaría leer.
¿Fue la lectura la que me llevó a la práctica? ¿O, como ya practicaba lo que estaba escrito, perseguía esas lecturas para procesarlo?
No volví a la siguiente clase de Biopolítica, en protesta por la desilusión que nuevamente la filosofía y un “hombre” me habían dado. Fue, en parte, por la lectura de literatura feminista. Me refiero a novelas, ensayos, poesía, y crítica. Textos que cuestionan la esencia de lo femenino, considerando variantes como la raza, la clase y el género.
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¿Una feminista nace o se hace? ¿Puedo leer hasta volverme feminista? ¿Soy mejor feminista porque leo?
La vida me hizo convencerme de la verdad material de la violencia de género, y de la amenaza que representa sobre nuestras vidas. Y las lecturas feministas me ayudaron en esta transición, este símil a The Matrix, cuando Neo renuncia a la píldora azul y elige con esto conocer una verdad.
He leído libros maravillosos de autoras maravillosas, como Naciste pintada, de Carmen Berenguer, El desperdicio, de Matilde Sánchez, Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro, o Balún Canan de Rosario Castellanos. Novelas con personajes que padecen el patriarcado, aunque algunas viven de sus privilegios. Libros objeto, dispositivos que cruzan diversas violencias que ciernen sobre lo “femenino”.
Cada lectura dejó en mi dolor, enojo, despertar, impacto profundo. Escenas, personajes, formas de hablar y de nombrar a las mujeres y lo femenino que me hicieron notar las omisiones, los silencios. Una propuesta de orden y forma para aquellos eventos vitales que podía reconocer en los libros, en mi camino a ser “mujer”.
Estudiar, leer teorías de género, era algo que hacía para saber cómo enfrentar las manifestaciones del patriarcado en discusiones o debates, en el trabajo, en la calle, en la familia. Cómo posicionarme ante sus amenazas.
El tiempo de mi anécdota de estudiante coincide con la cuarta ola feminista en Argentina, el alza del movimiento Ni Una Menos, que se respiraba con la naciente cultura del #MeToo, la contracara de toda la cultura pop norteamericana que, decoloniales o no, habíamos consumido por gusto y osmosis. Chica contra chica, de Sophie Gilbert, presentado en la última Furia del Libro, habla mucho de esto, para quienes quieran ahondar.
La lectura de feminismos me hizo comprender la configuración de mi imaginario, confrontarme a la construcción de mi propia identidad. Como autora, pero también como profesora, busco el contenido disidente, para diversificar la cantidad de relatos “femeninos” disponibles. En este sentido, Catáloga Colectiva ofrece un amplio repositorio de recursos digitales para profundizar en las diversas aristas a las que nos llevan los estudios de género.
Entrar por la literatura no me parece el único acceso válido para declararse feminista. Sí pienso que existe literatura que nos invita a conocer las prácticas de vida que los feminismos ofrecen.
Un “acuerparse”, donde la experiencia misma de vivir a otras mujeres te hace feminista. Y esta forma de ayudarnos es lo verdaderamente revolucionario. Captar la transversalidad de la forma en que el Patriarcado recae sobre todos (todas, todes), así como el Capitalismo.
Leer literatura feminista porque lo que leemos impacta en el actuar, y en la conciencia. Porque las ideas tienen la capacidad de transformarse en realidad.
Porque no somos una imagen que podría existir o no en el mundo si un “hombre” decide que sus “valores” coinciden con los nuestros. ¿No ven que ya estamos aquí?


