Para resistir, leer
Se lee con el cuerpo quieto y la respiración larga, al revés de todo lo que nos piden afuera.
Se puede mirar un genocidio en el teléfono, una familia entera con sus cosas en la calle y seguir bajando el dedo hasta el próximo video sin que se mueva nada por dentro. Así es la crueldad de todos los días y asusta menos por lo que hace que por lo que apaga: la capacidad de que el dolor de otro todavía nos toque.
La veo en la naturalidad con que se aplaude una redada, en la gente que pide mano dura para el que ya está en el suelo. Vivimos rodeados de eso y, peor, gobernados por eso, por señores de corbata que creen que gobernar es decidir quién sobra y a quién se deja afuera. Que se sienten superiores justo por no temblar al firmarlo.
Rita Segato lo llamó pedagogía de la crueldad, porque esto se enseña y se premia, nos ponen el dolor ajeno delante mil veces al día hasta que deja de significar algo. Y lo que me quita el sueño no son ellos sino lo fácil que sería volverme una de ellos sin darme cuenta.
Me resisto a eso con todo. Me resisto a creer, como ellos, que tener razón es un deporte de suma cero y que hay vidas que valen menos y se pueden descartar. Los reconozco por el tono: hablan de personas como de cifras molestas, de un país como de una empresa que hay que sanear, echando a los que sobran. Son los que inventan la categoría de los que no aportan y los que quisieran un registro para fichar al que protesta. A esa gente le estorba que uno lea. Y con razón, porque una cabeza que se detiene a dudar es más difícil de arrastrar contra un enemigo. Por eso el mismo proyecto que endurece los corazones se ríe del que piensa y recorta primero las escuelas y las bibliotecas.
Una dureza que este tiempo la llama madurez, o realismo, y al que todavía se ablanda lo mira con lástima. A mí me parece la peor locura que existe: dejar de ser humano tan despacio que hasta parece sensatez. Porque endurecerse es también dejar de dudar de uno mismo, creerse dueño entero de la razón, y esa dureza de la certeza y la del corazón son una sola cosa. Cambiar de opinión, que este mundo trata de cobardía, me parece a estas alturas la forma más difícil de valentía y la que menos aplausos recibe.
Por eso leo. No como consuelo ni como lujo. Leo para no volverme loca de esa cordura, para seguir siendo capaz de dudar y de que me duela el de al lado.
Un libro me mete en una vida que no es la mía y me obliga a habitarla por dentro, aunque no la comparta. Así entendí a mi propio padre, un hombre al que no vi llorar jamás porque de chico le podaron la ternura y solo le dejaron la rabia, la única savia que le permitieron correr. Me hicieron falta bell hooks y treinta años para ver que esa dureza venía de una herida y no de una maldad. Con Anne Dufourmantelle la ternura dejó de parecerme una blandura y pasó a ser lo más valiente que conozco. Me sonrojé leyéndola, reconociéndome en cosas que creía solo mías y que resultaron ser de casi todo el mundo. Con Silvia Federici entendí que a las mujeres, siglos antes de que yo naciera, nos habían quitado algo y que mi rabia tenía genealogía. Las venas abiertas de América Latina me mostró que la pobreza de mi continente no era una fatalidad: tenía detrás un saqueo con fechas y nombres. Un libro del profesor Maza sobre Marte me agrandó el cielo y me volvió, por un rato, deliciosamente pequeña, del tamaño justo para dejar de creerme el centro de nada.
Ninguno de esos libros me dio la razón. Todos me movieron del sitio donde estaba parada. Salgo de ellos incapaz de reducir a nadie a una cifra o a un bando, con la capacidad intacta de imaginar que el otro tiene un adentro tan real como el mío, que es justo lo que la crueldad necesita apagar para tratar a alguien como si sobrara.
Todo esto ocurre despacio, que es su manera de resistir. Leer es de las últimas cosas que no se pueden acelerar: hay que sentarse con el teléfono lejos y seguir renglón por renglón el pensamiento de alguien que tardó meses en ordenar lo que yo querría resolver en un minuto. Se lee con el cuerpo quieto y la respiración larga, al revés de todo lo que nos piden afuera. No deja foto ni métrica, no le rinde a nadie más que a mí, y en una época que mide cada gesto por lo que produce, quedarse una hora entera dentro de un libro es casi un acto de desobediencia.
La máquina lo acelera todo, también la escritura. Puede pulir estas mismas frases e imitar una emoción con una precisión que inquieta. Lo único que no sabe hacer es temblar: no se desarma con lo que lee ni sale distinta al terminarlo. Yo sí. Yo leo y algo se me mueve por dentro, se niega a endurecerse.
Hoy, cuando casi todo se puede delegar, incluso pensar y hasta escribir, la resistencia empieza por lo único que no quiero entregar: mi propia sensibilidad. Seguir dejándome afectar aunque incomode, aunque no sirva para nada. Volverse impecable y veloz, sin una fisura ni una duda, se parece demasiado a abandonar la humanidad sin darse cuenta.
Yo, al menos, quiero seguir temblando.
De modo que esta noche, como casi todas las noches, voy a leer hasta tarde. Es un gesto mínimo, no cambia ningún gobierno ni le ablanda la corbata a nadie. Pero mientras la vida de otro me siga entrando por debajo de la piel, mi savia se mantiene fresca y este mundo no logrará convertirme en una de ellos.
Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile. Escribe columnas en El Arrebato, El Mostrador y Revista Abismo, entre otros.



Hola , Excelente Ensayo. Un Saludo.