Pequeña liebre
A la niña le gusta jugar en los árboles, pisar las vainas secas de semillas y canturrear en voz baja mientras idea algún juego. Suele buscar colihues o ramas con brazos y los lleva como si los tomara de la mano. Salta o da vueltas, y se va corriendo cuando ve algún gusano de la madera que sale contoneándose de los agujeros de un tronco muerto. Corre con sus piernas delgadas de niña.
La familia se reúne en torno a la mesa para almorzar. La madre sirve la comida con ayuda de la niña y la hermana, mientras hablan todos al mismo tiempo. Palabras sueltas viajan con el viento: río, gusanos, cazadores, bosque. Los platos quedan vacíos rápidamente y se oye solo uno que otro repicar del tenedor en el plato. Escuchan el crujir de una rama entre los árboles y miran en su dirección. No ven nada, pero luego se miran entre ellos con los ojos bien abiertos.
Quizá fue el chupacabras, dice el hermano. ¡Cállate!, grita la niña.
Cuando la familia baja al río, dejan la carpa cerrada y las cosas con una manta encima para que no queden a la vista. De lejos se oyen sus voces y risas, el chapoteo del agua y los gritos agudos de la niña, pues varias veces al día la corriente le lleva el flotador con forma de pato río abajo, y el hermano se zambulle para buscarlo cada vez.
A la hora de once, los hermanos discuten si el manjar Nestlé es mejor que el Colún. Discuten también por el vaso de plástico transparente porque es el vaso especial. Deciden que el que lo gane puede hacer café batido en él y juegan a la matita. La niña lanza un chillido de victoria, le pide a la madre que le eche los ingredientes y bate con fuerza hasta agotarse. Después de un rato le pide al hermano que la ayude a terminar de batir, y él lo hace a regañadientes. La hermana le echa el agua caliente, y a la niña se le ilumina la cara al ver emerger la espuma.
En la noche, el padre y los hijos juegan a las cartas bajo una ampolleta que se conecta a la batería del auto. Algunas polillas atraídas por la luz chocan y mueren quemadas, y con cada una que cae, la niña y la hermana pegan un grito.
Cerca de la medianoche la niña, la madre y la hermana toman unas linternas y van a lavarse los dientes y al baño. La niña corre entre las luciérnagas y atrapa una en el vaso del enjuague. Después la libera y lo repite hasta que la madre la apura para que se lave y vuelvan para acostarse.
A poca distancia, ven que se ilumina entre los árboles.
¿Qué es eso?, pregunta la niña con la cara blanca a la luz de la linterna. Las luciérnagas la rodean, pero ya no les pone atención.
Son cazadores, responde la madre. Segundos después, dan un salto al oír un disparo que queda silbando. Luego otro. La madre las apura a volver.
El padre se levantaba temprano en la mañana, revisa que dejó bien cerrado el cierre de la carpa y va a comprar el pan amasado que hornea desde temprano la señora María del camping. Se le ve volver al rato, balanceando la bolsa de pan, y prepara el desayuno.
La niña se levanta. Acompaña al padre y se queda mirando cómo la bruma baja de la montaña. Anoche andaban cazadores, dice la niña, escuchamos unos disparos, ¿tu escuchaste? Sí, es que acá cazan liebres, como las que vimos cuando veníamos en el camino ¿te acuerdas?
La niña se queda en silencio y mira el campo, donde la bruma se instala. Se quedará ahí hasta media mañana, hasta que el sol comience a calentar.
Si te fijas, a veces hay cartuchos entre la maleza, dice el padre, son señal de que estuvieron cazando cerca. Cartuchos de escopeta, aclara cuando la niña lo mira sin responder. Quedan tirados después de cada tiro. Son de colores, yo creo que los has visto.
La familia comienza a moverse despacio. El agua del río aún está fría y la madre no deja a la niña bañarse tan temprano. El padre desenrolla el hilo de pescar y el hermano lo ayuda.
Papá, ¿me llevan a pescar?, pregunta la niña. No, hija, el camino es malo para allá, responde. ¿Mejor salimos a dar una vuelta juntas?, dice su hermana. La niña asiente con la cabeza varias veces. Después de un rato, se van padre e hijo, río abajo.
La hermana se queda leyendo una revista acostada en una toalla mientras la madre ordena el campamento. Después se acuesta a su lado con un libro, pero antes de abrirlo escruta los árboles entrecerrando los ojos y le pide a la niña que no se aleje.
Pero la niña se aleja y se introduce entre los árboles.
Pisando las vainas secas e ignorando a los gusanos de la madera, recorre mirando el suelo y de vez en cuando se agacha. Va donde la madre para mostrarle los cartuchos que encontró, y la madre le dice que están sucios, que no juegue con eso, pero la niña se devuelve corriendo y busca más.
Durante la mañana recorre la periferia del campamento recolectando cartuchos de colores. Al mediodía ya ha coleccionado unos cuantos y los une con un hilo que se cuelga en el cuello. Después, repite el juego con los palos y corre y se da vueltas, pero ahora con el collar. Piensa en las liebres cazadas, porque en voz baja dice: escóndanse pequeñas liebres, y canturrea hasta que la llaman a almorzar. Antes de salir corriendo, mira hacia los árboles un momento, luego se va con el collar de colores dando vaivenes sobre su pecho.
Su padre y su hermano vuelven sin un solo pescado. Se reúnen en la mesa y la niña apunta hacia el bosque. El padre mira en la dirección que ella indica, pero le dice que no hay nada. Vamos a explorar después de almuerzo, ¿te parece?, le ofrece el hermano. Yo te prometí que saldríamos, agrega la hermana.
Después de comer, salen los tres hermanos y avanzan por uno de los senderos estrechos. En las bifurcaciones, discuten si este camino o el otro es mejor. Unos segundos después deciden que van a alternar derecha e izquierda siempre que haya que escoger un camino para no perderse al regresar. A veces, la huella se estrecha y se vuelve húmeda cuando se acerca mucho al río. Y a veces escuchan pisadas y se vuelven para mirar, pero no ven nada. Examinan los árboles, pero tampoco. No pasa mucho tiempo antes de que la huella los lleve a la bodega abandonada, solo que no está abandonada.
Mejor vámonos, dice la hermana mayor al rodar su pie sobre cartuchos de colores. El crujir de una rama los alerta y salen corriendo.
En la noche, la niña no juega con las luciérnagas ni se demora en volver para acostarse. Se mete en la carpa antes que nadie.
Al amanecer, se levanta después del padre, que va a comprar el pan. Ella se calza las zapatillas, pero no lo sigue, sino que se va en sentido opuesto. La niña no esboza una sonrisa de juego, en cambio, enrolla el collar de colores entre sus dedos y sigue el mismo sendero angosto del día anterior. Izquierda, derecha, el camino húmedo.
La bodega aparece frente a ella. La puerta está cerrada con un candado. No lo toca siquiera, decide asomarse a la ventana para ver lo que no vieron la tarde anterior.
Allí las ve.
Ve las liebres, colgando con sus cabezas hacia abajo, amarradas de las patas, abiertas de un corte de cuchillo justo en el medio. Seguro que ve, también, que no solo hay liebres, porque retrocede, muda.
La niña se da la vuelta. Me mira con sus ojos de liebre como encandilados con la luz.
Levanto la escopeta y descargo un disparo.
Nos rodean troncos muertos. De sus agujeros salen gusanos arrastrándose despacio.
La niña no sale corriendo.
Camila Zapata Fierro nació en Talcahuano en 1991. Es Geóloga de profesión y en sus tiempos libres lee, escribe, hace cerámica, practica crossfit o juega con sus gatos. Ha participado en talleres literarios con Catalina Infante, Dana Lima y Ángelo Alessio. Hoy vive en Santiago de Chile.