Por qué quiero leer menos

 

Paso mucho tiempo de mi vida, especialmente los días hábiles (y en específico los momentos en que tengo trabajo muy pero muy urgente), leyendo textos interesantísimos que no se relacionan en nada con lo que debo hacer.

Hay gente que escapa de sus responsabilidades entregándose al algoritmo de TikTok o naufragando en las historias de Instagram; yo, procrastinador profesional, le temo a esas redes sociales y el poder que tendrían para pulverizar mi atención, volátil como una bolsa en el viento. 

En cambio, pierdo el tiempo y la concentración leyendo cosas, algunas en apariencia muy profundas —la entrevista a un filósofo, una crónica de guerra o la columna de una escritora—, pero que en mí funcionan solo como una excusa para eludir el destino, una manera más sofisticada, quizá, pero no menos holgazana, de sacar la maldita vuelta.  

Yo la llamo lectura evasiva. Muy diferente a la lectura inmersiva, esa que ocurre generalmente de noche, con el cuerpo acostado y el papel de un libro en la mano, en un estado que no es el sueño ni la vigilia sino que ese entrepiso mental que crean las palabras cuando suenan en silencio dentro de la cabeza.

La lectura evasiva, por el contrario, ocurre siempre en internet y casi
nunca es planificada, mucho menos deseada: son links por los que salto compulsivamente, como un grillo adicto a las pestañas abiertas, drogas que ofrecen la fantasía de sentir que estoy cultivándome, al día con los problemas del mundo o las ideas humanas, cuando en realidad apenas se trata de un decapado de conocimiento, un rasguño superficial del que no obtengo mucho más que un atraso de mis tareas.

¿Qué recibí al leer, el martes a las 11:45 de la mañana, el perfil en Wikipedia del hijo de Napoleón Bonaparte, el último rey de Roma, muerto a los 21 años por tuberculosis, sino menos tiempo para terminar el documento que debía mandar a las 12?

El newsletter de fútbol inglés cada lunes a las 10, la docena de excelentes substacks a los que estoy suscrito, la columna de Marta Peirano en El País, las recetas de Ottolenghi en The Guardian, alguno de los tantos correos oraculares de Ted Gioia, los posteos en Facebook de Juan Guillermo Tejeda, todo lo que publica Tamara Tenenbaum, las opiniones de Manuel Jabois, alguna entrevista que dé Fabián Casas o la mayoría de lo que aparece en El Comidista: todo esto, y mucho más, es lo que me acosa a diario. Son maravillas del periodismo contemporáneo pero completamente prescindibles, golosinas que después de saborearlas solo me dejan un dolor de guata espiritual, la doble culpa por no escribir tan bien como ellos y por estar quemando el poco tiempo que tengo disponible.

Al ejercerla en momentos furtivos, robados a la productividad y el trabajo, la lectura evasiva también es elusiva con la memoria, incapaz de permanecer en mis registros mentales más que un sueño tras la primera orina. Sé que ayer leí algo sobre la burbuja económica de la inteligencia artificial, que está a punto de estallar en mil pedazos, pero no podría citar ninguno de sus datos ni argumentos. Me encantó una columna de Zizek sobre la última película de Paul Thomas Anderson, pero más me encantaría recordar qué decía sobre ella.

Los centinelas de la lectura, para quienes leer es una virtud en sí misma, defenderán este comportamiento adictivo como un vicio saludable, similar al de quien no puede pasar un día sin hacer ejercicio. Pero la lectura evasiva no deja de ser una actitud escapista y superficial, cuyo disfrute no deja de ser clandestino, tan fugaz como el recuerdo de lo que leo en mi mente.  

Por eso me gustaría leer menos y conseguir, a lo mejor, ser más eficiente. No para aumentar mi rendimiento ni ser más productivo, sino solamente para terminar antes  los deberes y dedicarle un tiempo largo, diurno y sin remordimientos a leer con profundidad lo que sí merece capturar mi atención: la larga columna de libros que pacientes esperan en mi velador.

 

 

Cristóbal Bley (Santiago, 1986) es periodista y ha escrito en medios como PANIKO.cl, Revista Viernes, La Tercera y Revista Santiago. Vive en Recreo, Viña del Mar.

 
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