Las invitaciones de Luna Miguel: releer, incomodarse y cambiar de gusto
Hay algo fascinante en ser periodista: tener la posibilidad de conversar con cualquier persona, de hacerle preguntas y, como destaca Milan Kundera en La inmortalidad, exigirle respuestas. Después, el texto se publica, el público lo lee (o no), lo critica o lo elogia y, luego, avanzamos hacia otra publicación, otra entrevista, otro contenido. Pero siempre hay algo que queda resonando, que nos invita a seguir reflexionando, que nos da vueltas y vueltas incluso días después, estemos o no de acuerdo.
Por qué quiero leer menos
¿Cuántos libros leíste este año?, me preguntaron hace unas semanas, antes de que terminara el 2025. No tenía el dato: tampoco conté las cervezas que tomé —¿más de cien?— ni las obras de teatro que vi —menos de una— ni los partidos de fútbol que miré —seguro más de los necesarios.
Leer tu propio diario de vida; una sutil disociación
Un día vuelvo a mi casa con una nostalgia inusual. Me deshago de mi bolso, de mi ropa de trabajo, los zapatos, y me acerco al librero. Identifico en el desorden, mi diario de vida, que ha tenido distintas formas durante los años. Me lanzo sobre la silla acapulco del balcón, y leo en algunas páginas lo concreto del pasado. Lo que pensaba y se ha mantenido igual. Las cosas que con el tiempo agotaron sus tramas, las que crecieron.
Editar no es humillar
Hay un tema no menor cuando se habla de escribir: la edición. No me refiero a la propia, sino aquella a cargo de un lector distinto a los demás, el/la/le editorx.
No sé cuántos libros leí el año pasado (y no me importa)
¿Cuántos libros leíste este año?, me preguntaron hace unas semanas, antes de que terminara el 2025. No tenía el dato: tampoco conté las cervezas que tomé —¿más de cien?— ni las obras de teatro que vi —menos de una— ni los partidos de fútbol que miré —seguro más de los necesarios.
Por qué elijo la noche para leer
Leer es la actividad con la que culmino la mayoría de mis días. Tengo en el dormitorio una repisa con los libros que quiero leer en el corto plazo, un criterio solicitado por mi pareja, luego de que la repisa colapsara por el exceso de títulos. Veo la veintena de publicaciones ordenadas; la mayoría acompañarán mi latencia, y los desvelos ya controlados, pero que a veces se activan por un maullido de mi gata engrifada, o un grito que llega a mis oídos desde la calle, no logro ver ni reconocer desde dónde.