Editar no es humillar
Hay un tema no menor cuando se habla de escribir: la edición. No me refiero a la propia, sino aquella a cargo de un lector distinto a los demás, el/la/le editorx.
Salvo que optemos por un camino cien por ciento independiente en el mundo de las letras –el cual, por cierto, no está exento de desafíos–, es probable que la primera puerta que toquemos sea la de ese personaje que puede ser un ángel o un verdadero demonio.
Dependemos de que le guste lo que escribimos, que le vea potencial y que, además, sepa lucir aún más nuestro trabajo. La procedencia de la palabra da cuenta de esa potestad. Etimológicamente, editor viene del verbo edere (sacar a la luz) y el sufijo tor (el que hace la acción). Editor = el que saca a la luz y nos ayuda a que los libros lleguen a las manos de los lectores.
Pero eso requiere oficio. Hace años, me topé con una colega editora que cuando recibía un texto, empezaba a reescribirlo. Nunca lo leía completo para entender su composición, lo que buscaba el/la/le autorx. Agarraba el primer párrafo y lo reescribía con sus propias palabras. El segundo, lo mismo. Y así hasta el último punto.
Ella me recordó a un profesor de la universidad que, en la época de la entrega de los trabajos impresos, en un acto cercano a una terapia de shock, los rompía si no le parecía que estuvieran bien hechos.
No creo que ninguno de los dos fueran buenos editores. Tampoco lo son aquellos que no verifican la información o que no establecen un intercambio de ideas con los autores.
Más allá de cualquier argumento que podamos tener sobre el extenuante trabajo en las editoriales de todo tipo, pienso que debemos tener mínimos comunes a la hora de editar.
En su Manual de edición literaria y no literaria, Irene Gunther y Leslie Sharpe defienden que la edición es una idea amplia que implica tanto un arte como un oficio. Así como cada tipo de libro tiene sus propias necesidades específicas, también los autores tienen búsquedas dispares. Hay quienes quieren más acompañamiento; otros, más espacio. Están los que deben debatir sobre cualquier cambio y otros que están abiertos a todo. Están los que les interesa más las correcciones de estilo que de contenido y al revés. Cada escritor es un mundo y cada editor debería ser una luna girando alrededor de ese y otros mundos.
Editar no es humillar, no es imponer, no es un ejercicio de ego, no es borrar la voz ajena, no es buscar el propio brillo en la palabra del otro, no es corregir por corregir, no es borrar huellas, no es una batalla de estilos ni desarmar lo que otro construyó con esfuerzo.
Editar debería tener una sola búsqueda, compartida por todos quienes escribimos: hacer que cada escrito sea el mejor posible para el lector. Y si eso se logra, es nuestro deber darles las gracias.
Amanda Marton Ramaciotti (São Paulo, 1993). Periodista
y profesora universitaria. Jefa de redacción de la revista Anfibia Chile. Autora del libro “No quería parecerme a ti - vivir con una madre con esquizofrenia”.