Las invitaciones de Luna Miguel: releer, incomodarse y cambiar de gusto

Hay algo fascinante en ser periodista: tener la posibilidad de conversar con cualquier persona, de hacerle preguntas y, como destaca Milan Kundera en La inmortalidad, exigirle respuestas.

Después, el texto se publica, el público lo lee (o no), lo critica o lo elogia y, luego, avanzamos hacia otra publicación, otra entrevista, otro contenido. Pero siempre hay algo que queda resonando, que nos invita a seguir reflexionando, que nos da vueltas y vueltas incluso días después, estemos o no de acuerdo. 

Eso fue lo que me pasó conversando con la escritora española Luna Miguel a propósito de su último libro, Incensurable (Lumen), un híbrido entre ensayo y novela en el que se imagina un mundo en el que prácticamente nadie conoce a Vladimir Nabokov y que Lolita no se encuentra en librerías ni en bibliotecas. ¿Por qué? Por ser un libro incómodo. 

Pero, más que hablar únicamente de censura, la conversación terminó desplazándose hacia otras preguntas: ¿qué esperamos hoy de la lectura? ¿Que nos confirme? ¿Que nos represente? ¿Que nos guste inmediatamente?

Para ella, leer no debería ser una experiencia completamente cómoda. Ni transparente. Ni necesariamente placentera. La escritora española insistió una y otra vez en una idea: la literatura también tendría que enfrentarnos a aquello que no entendemos, que nos incomoda o incluso que nos desagrada.

“Estamos en un momento en que parece que todo lo que leamos tiene que gustarnos porque sí”, dijo. “Pero leer también es muy desagadable, muy duro, muy difícil, muy caro. Y una de las cosas que me apetecía mostrar con Incensurable es que ese camino no siempre es de ‘esto hermoso, esto me gusta’. Para aprender hay que aprender también lo que nos desagrada”, añadió.

Por eso defiende lecturas complejas o exigentes, desde Madame Bovary hasta la poesía de Safo. “He llegado a ver reseñas de una estrella a Safo porque ‘no se entiende’. Y es como: ‘bueno, quizás no se entiende y quizás ni siquiera nos llegó completo el poema’”.

Lo importante para Luna Miguel no es comprenderlo todo de inmediato, sino aceptar el desafío de entrar en territorios desconocidos. “Creo que muchas veces perdemos la capacidad de saber por qué algo no nos gusta verdaderamente”, afirmó, “podemos perder incluso la posibilidad de modular nuestro gusto, de variar nuestro gusto, de descubrir cosas nuevas”.

Entonces apareció una de sus comparaciones favoritas: el gusto lector como un paladar. “Si solo comemos chocolate el resto de nuestra vida, nos perderemos una amplia gama de sabores”, dijo entre risas, “con la lectura pasa lo mismo”.

Pero Luna Miguel no solo habló de descubrir nuevos libros. También de volver, porque releer ocupa un lugar central en su vida lectora: vuelve constantemente a Lolita, a Pura pasión, de Annie Ernaux, y a los diarios de Alejandra Pizarnik. “Me gusta la sensación de que siempre descubro algo nuevo”, dijo, “nunca termino un libro”.

En parte, mencionó, esto ocurre porque los libros se transforman porque nosotras mismas cambiamos. La relectura surge como nostalgia y como forma de redescubrimiento. Libros a los que regresar para leerlos desde otra edad, otro cuerpo, otra experiencia. “Todas las nuevas lecturas que hago en mi vida modifican mi lectura de Lolita”, explicó, “hay algunas cosas que me hacen pensar en mi adolescencia y en cómo los leí cuando era más joven. Me recuerdan por qué quiero ser escritora”.

“Muchas veces tenemos miedo de perder el placer de lo ya conocido”, dijo Luna Miguel. Para luego rematar: “Quizás hay que ser un poco poliamoroso en el gusto”.

En el fondo, todas sus ideas parecen formar parte de una misma invitación: leer menos desde la productividad y más desde el deseo. O incluso desde la incertidumbre. No buscar únicamente confirmaciones morales, estéticas o identitarias, sino aceptar que un libro también puede desordenarnos.

Quizás por eso algunas entrevistas también funcionan como las relecturas: ciertos fragmentos –como los que destaqué en este texto– regresan después, en otro momento, desde otro estado de ánimo, y adquieren un sentido distinto. Y entonces, al igual que ocurre con ciertos libros, descubrimos que todavía no las habíamos terminado de leer. 


 

Amanda Marton Ramaciotti (São Paulo, 1993). Periodista
y profesora universitaria. Jefa de redacción de la revista Anfibia Chile. Autora del libro “No quería parecerme a ti - vivir con una madre con esquizofrenia”. 

 
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